23 de Octubre 2021

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29/09/2021

Una obra maestra en Medicina

El cuerpo embalsamado de una mujer se exhibe desde hace más de 50 años en el Museo de Anatomía de la UNR. El periodista Horacio Vargas escribió la historia del científico japonés que vivió en Rosario y aplicó una fórmula secreta para eternizar a su amada esposa.


 



El Museo de Anatomía de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNR es el guardián de una pieza única que reposa en una vitrina desde 1968. Se trata del cuerpo embalsamado de Teresa América Carmelina Colombo, la esposa del Doctor Katsusaburo Miyamoto quien la eternizó “por amor”. Una historia increíble pero real que el escritor Horacio Vargas investigó y plasmó en el libro “Mi obra maestra” recientemente publicado por Homo Sapiens y UNR Editora.

Con su título de Veterinario otorgado en Tokio, Miyamoto llegó al país cuando tenía 27 años. Primero trabajó en Buenos Aires,   en el Instituto Bacteriológico, hoy Malbrán, y en 1926 fue trasladado a Rosario como inspector de sanidad animal en el frigorífico Swift. 

En su tiempo libre investigaba y obtuvo por primera vez la hormona “auxesina” (del griego auxesis: incremento) cuya aplicación podía acelerar en diez veces el crecimiento normal de los árboles. Una demostración emblemática de la misma fue la que hizo para recuperar el histórico pino de San Lorenzo que estaba por secarse pero gracias a esta hormona pudo recuperar y revivirlo.

Además se ocupó de desarrollar una técnica de preservación de los animales después de su muerte llamada Eonosomia  (del griego eono: eternidad y somia: estética).  Les inyectaba un preparado que los mantenía en perfecto estado de conservación con  sus pesos exactos, sus vísceras intactas, sus pelos, uñas y el color natural que no se modificaba, sin cortes ni la menor alteración. “No es un milagro, es ciencia”, decía. 

Este inmigrante japonés que no era un académico formal e investigaba en silencio, fue también el primero en introducir el bonsai en Argentina. En 1961 inauguró la primera exposición de esta miniatura de la naturaleza y cuatro años después fundó una escuela llamada  Bonsaika. Tenía y cuidaba con esmero estos árboles enanos en el patio de su casa en Riobamba 1038. Allí vivía con Teresa, su esposa rosarina desde el año 1932.

Ella fue testigo del trabajo de su marido en la conservación de animales y estaba orgullosa de sus investigaciones. Cuando se enfermó, le pidió que haga lo mismo con su cuerpo después de la muerte, que lo mantenga bajo un aspecto actual de vida y lo presente como su obra maestra. En 1958 Teresa sufrió una hemorragia cerebral y murió. Allí comenzó el proceso de su eternización.

La momificación simboliza la vida más allá de la muerte en el antiguo Egipto. Son conocidos los casos de cuerpos embalsamados como el de San Martín, Sarmiento y Perón, pero este tuvo un tratamiento distinto. “La técnica implica un proceso en el que las vísceras del cuerpo son extraídas y en este caso eso no ocurrió”, dice María Eugenia Cabral, vicedirectora del Museo de Anatomía y docente de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNR.  

“Creemos que centímetro por centímetro fue reemplazando y conservando cada parte de las macromoléculas biológicas de una manera increíble”, afirma y aclara que lo que más llama la atención es la cristalización de los globos oculares que mantuvieron el brillo y el color. “Debe ser una técnica milenaria, única, desconocida por lo menos en Argentina”. 

Miyamoto conservó el cuerpo embalsamado de su esposa en una cama de una plaza en una de las habitaciones de su casa, rodeada de los animales que más le gustaban, preservados también a través de su procedimiento.

En 1968 viajó a Japón para ver a su familia y envió múltiples solicitudes para que trasladen a su mujer, pero todas fueron rechazadas.  Por problemas de salud no pudo regresar al país y murió en 1976 a los 84 años. La fórmula química que utilizó sobre el cuerpo de Teresa se la dejó a su nieto antes de morir y hasta hoy no fue revelada.

Fue por amor

Acerca de las razones que lo llevaron a eternizar el cuerpo de su mujer, el escritor Horacio Vargas cree que “fue por amor aunque parezca una respuesta cursi”. “Ella, la futura momia argentina, es la que le pide que la eternice para que el mundo sepa, alguna vez, de su existencia. Y él, cuando se despojó del rol de marido, se vistió de médico y aplicando su sabiduría trabajó un largo año con el cuerpo hasta que vio concluida su obra maestra. La técnica de conservación era perfecta: vísceras intactas, el color natural del cuerpo, con sus cabellos, sus uñas y sus ojos; un cuerpo sin cortes. Sólo le ha inyectado un preparado que obtuvo tras varios años de estudios”.

Lo que más llamó la atención al periodista cuando investigó la vida de Miyamoto fue  “haber sido un personaje singular de la ciudad, donde vivió más de cincuenta años, su honestidad intelectual, su sabiduría reflejada en los textos que dejó escritos en su cuaderno diario. Su vida, pienso, también es un fragmento de la historia del Rosario del siglo XX”. 

¿Por qué a pesar de sus valiosas contribuciones científicas, fue tildado de “loco” y no es reconocido ni siquiera en Rosario? “¡Echale la culpa a la prensa sensacionalista, que se encontró con una vida bizarra y excéntrica!”, dice Vargas. Por otro lado, “Miyamoto nunca tuvo intenciones de ser reconocido, al contrario, se sentía más cómodo estudiando en soledad, lejos de las luces del centro. Tuvo, sin embargo, sus cinco minutos de fama internacional, cuando trascendió que había embalsado a su mujer rosarina o por haber curado el pino histórico de San Lorenzo”.

“Miyamoto nunca pensó que su “invento” tenía como destino transformarse en una patente industrial. Y eso que tuvo varias ofertas, algunas millonarias. Mi impresión es que la mantuvo en secreto por una cuestión ética, por cierta tradición cultural”, dice el periodista. Y cuenta que le preguntó a sus familiares si algún día revelarán la fórmula secreta pero la respuesta fue el silencio.

Sobre qué espera lograr con este libro, afirma que increíblemente Miyamoto es un eterno desconocido para la colectividad japonesa en Argentina.”Ojalá que el libro, su vida, ocupe el lugar histórico que le corresponde”. 

Valor científico 

Al final de libro “Mi obra maestra” dos investigadores de la UNR y el Conicet analizan el valor científico de los textos que dejó Katsusaburo.  El Doctor en Química Alejandro Vila considera que el japonés “defiende apasionadamente el valor de la investigación científica guiada por la curiosidad, mostrando entre desdén y temor por sus aplicaciones tecnológicas”. Afirma que  si bien no fue formalmente un científico, se percibía como tal y no cabe duda que la curiosidad fue el motor de su vida.

“Los textos lo revelan como un lector omnívoro de textos científicos no solo en el campo de las ciencias de la vida, sino también de la física y de la química. Este hombre de formación tan ecléctica fue un empirista neto, casi un científico de otra época, un alquimista. Por eso es difícil encasillarlo, salvo en el campo de la curiosidad más salvaje, como la de los niños”, sostiene Vila.

La Doctora del Instituto de Investigaciones en Ciencias Agrarias Silvina Pessino afirma que los textos compilados son pasajes íntimos concebidos como reflexiones personales volcados en un cuaderno privado para ser repasados por el propio autor. “Hablan de ciencia con apreciaciones exactas. Con un estilo oriental, desarrolla su concepción filosófica, sus ideas, inspiradas en el conocimiento y paridas como literatura”.

“No podemos afirmar que haya sido propiamente un científico  (aunque es posible que gran parte de su obra se haya desarrollado bajo los principios del método), pero sí que fue un erudito, un sabio, un humanista y sobre todo un hombre, esa dimensión suya que superó toda cordura cuando la pérdida, el dolor y el amor arreciaron”.



  • Periodistas: Victoria Arrabal
  • Fotógrafos: Camila Casero